134 (Vacas sagradas...las de la India)
Armando Robles Godoy, es cineasta, escritor, músico, poeta y pajero consumado, entre otras perlas que cuelgan de su personalidad. Polémico y con una autoestima que raya con lo inverosímil.
Siempre lo admiré y lo tenía como un referente totémico de lo que tímidamente aspiraba a ser yo, algún día. Solo hasta que lo conocí.
Fue mi profesor en la Escuela de Cine y fue allí donde comencé a reformular mis sentimientos con respecto a él. Dio muestras de su inflamado ego, y aunque solía decir cosas por demás interesantes, decía también, y para mi gusto, algunas otras que lo develaban como el personaje ensimismado en sus conocimientos que tempranamente descubriría.
Se pasaba la mayoría del tiempo citando la ley de Sturgeon que afirma que el 90% de todo lo existente es basura. Por supuesto, él se encontraba en el lado luminoso del porcentaje restante, y nosotros -sus alumnos- reptábamos inútiles intentado salir de la pestilencia.
Otra de las cosas que jamás le soporté, era su queja constante del lenguaje hablado y escrito. Ninguneaba esta forma de comunicación hasta el cansancio. En resumen, el lenguaje le quedaba chico. Irónicamente, es uno de los tipos que más habla en este país, y uno de los que más escribe. La música, el cine o el erotismo, debieran ser, para él, las formas de comunicación por excelencia. Si por el fuera, desterraría la palabra para siempre. Me parece que su búsqueda espiritual y su trascendencia más allá de las grafías significantes y los fonemas, son loables, pero no se puede ser tan mezquino con el que probablemente sea el mayor invento de la humanidad.
Se jactaba de que su cine era para mentes elevadas y dueñas de una sensibilidad inédita. Lo que no sabe, es que otro profesor de la Escuela, el fallecido Pablo Guevara, considerado uno de los mayores poetas de la generación del 50 (junto a Eielson, Belli, Ribeyro y Blanca Varela, nada menos) se negaba a ver y analizar películas de Robles en su clase. Nos contaba que le aburrían en extremo, pero a tanta insistencia nuestra por verlas, accedía, no sin antes advertir que mientras durase la visión, dormiría como un bebé, cosa que hacía con deleite.
Dueño de frases poco gratas, por decir lo menos, como aquella en que se autodenomina no como el mejor cineasta del Perú, sino como el único. Y el sarcasmo que en apariencia encerraba tamaña afirmación, se borró olímpicamente cuando leí otras joyitas salida de su boca.
Fue el domingo 15 de marzo en que fue entrevistado por el diario El Comercio, acerca de los 10 libros que considera como su canon sagrado. Citó a la Biblia, a Vallejo y a Raymond Chandler, entre otros. No dejó de lado a Platón y sus Diálogos, con los que, afirma, aprendió a leer a los 7 años; y a pesar que reconoce haber entendido un porcentaje insignificante (que ya es demasiado para un niño de su edad) parece que sí le quedó clara la ironía socrática. ¡Eureka!, era un maldito genio. Pero lo mejor lo guardó para el final, cuando nombra la novela llamada “Veinte casas en el cielo” y de la que sostiene lo siguiente:
Segunda versión de esta obra editada hace 50 años. Sin duda, la mejor novela peruana de todos los tiempos.
Y a que no adivinan quién es el autor de esa monumental obra: ARMANDO ROBLES GODOY.
La falsa modestia, es un valor que no practico con mucho énfasis, es más, tengo mis arrebatos de autoestima, pero no se me ocurriría jamás, sentenciar indubitablemente una obra de cualquier tipo, como la mejor de todos los tiempos, y menos aún si yo soy el autor. La humildad es un criterio que sí tomo en cuenta, ya que si alguien me dice que le gusta algo que hice, pues lo tomo bien y obvio que le da de comer a mi ego, pero de ahí a vociferar que soy la gran cagada, hay mucha diferencia.
No le niego ningún mérito, y lo que sabía de Amando antes de conocerlo, se concretaba a considerarlo como el autor de una de las películas mejor logradas en nuestra inexistente industria cinematográfica: “La muralla verde”. Acreedor de premios importantes a nivel mundial, empeñoso luchador por la ley de cine, hacedor incansable del arte en general y un provocador neto…
Debí quedarme con esa imagen, pero debe existir algún síndrome que describa el trocamiento de admiración por decepción. Es mejor conformarse con la obra de los que consideramos grandes, y no acercarnos mucho al humano imperfecto que los habita.
Puede considerarse esto, como un homenaje poco convencional, hacía alguien que tampoco lo es. Ahora que ha pasado los 75 años y que su vitalidad está enhiesta, no me queda más remedio que matar su mito y recordarlo en vida, aunque su muerte esté aún lejana.
Por eso, cito una de sus frases que siempre le celebré. Él decía que cuando se enteraba del estreno de una película peruana, era un día de fiesta, pero cuando la veía, era un día de luto.
No sé, Armando, cómo considerar este día, pero mis guiones, al igual que los tuyos, son inalterables. Y eso lo aprendí de ti.
Sigo con el problema de no poder comentar en blogger, ni siquiera puedo hacerlo en mi blog.

