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Interrumpo la lectura de un libro pues me han dado ganas de escribir. Me acerco a la computadora, me siento frente a ella. Hago puño con mi mano izquierda y lo cubro con mi mano derecha, presionando fuertemente hasta que mis dedos truenen. Repito la operación a la inversa y estoy listo. Es de noche, la luz del monitor me deja ver la blanquísima plantilla de Word que acabo de abrir. Observo las barras de herramientas, las de tabulación. No me decido por el tipo de fuente a usar y tampoco su tamaño. Poco importa, una vez terminado mi escrito lo sombrearé y modificaré a mi antojo.
Antes, ejecuto un programa para escuchar música y me tomo varios minutos escogiendo los temas que, intuyo, me inspirarán. Alzo el volumen pues no logro disfrutar la música muy callada. Afuera se oye la voz del vecino discutiendo con su hija. La está reprendiendo por haber llegado tarde. Ella llora y le contesta musitando algo que no llego a escuchar. Él se enfada más, y el tono enérgico de sus palabras se transforma en gritos. Me levanto, asomo la cabeza por la ventana y veo cenitalmente la escena. Ambos están en el patio. Ella tiene la cabeza hundida con su mentón presionando la parte superior de su pecho, en silencio. Su padre continúa llamándole la atención. Le habla sobre las reglas que a sus 16 años, ella debiera respetar. De pronto, el vecino levanta la mirada hacia el cielo, como intentando hallar una explicación a lo sucedido, y me descubre. Me quedo inmóvil sin encontrar qué hacer. Él me saluda, y la niña al verme, huye dentro de la casa, avergonzada. Sé que luego me agradecerá el haberla salvado de un interminable sermón sobre la vida y los roles de la misma.
Vuelvo al teclado y continuo mirando la plantilla vacía. El episodio me distrajo pero no me quitó las ganas de seguir escribiendo. Digito algunas frases y las borro automáticamente. Hago lo mismo muchas veces y ahora me encuentro tarareando un tema de Spinetta. Cierro los ojos intentando treparme a la melodía, busco en mi mente las palabras correctas que den inicio al impredecible acto de manchar la página virtual, que a estas alturas, ya me está inquietando.
Por fin encuentro la frase adecuada y en ese preciso instante siento en mi bolsillo vibrar el celular. Contesto. Es un amigo que me pregunta por mis planes para esta noche de viernes. Le respondo que no tengo ninguno, salvo el de escribir algo para mi blog. Me invita a tomar unos tragos en un nuevo bar que ha abierto un amigo suyo. Le digo que está bien, pero que más tarde. Quedo en devolverle la llamada. Cuelgo. La frase que segundos antes me había asaltado, ahora se hallaba perdida en algún surco de mi cerebro, atiborrado de alcohol y malas noches. Ese archivo es irrecuperable -pienso-.
Las ganas están intactas, pero la motivación se ha largado no muy lejos y se ha escondido tras el vecino, su hija y mi amigo. No quiero rendirme, todavía. Voy por un vaso con gaseosa y un cigarrillo. Eso es, necesito un puchito -me digo-. No encuentro el bendito encendedor y me da flojera bajar nuevamente las escaleras para encender el cigarro en la hornilla de la cocina. Me bebo la gaseosa de un trago y eructo larga y fuertemente, tratando de exorcizar mi ánimo menguado.
Resuello alguna lisurota y retomo con firmeza el teclado, lo acomodo simétricamente sobre la madera que lo sostiene y poso mis dedos encima. Las yemas de mis dedos tocan los cuadrados, pero no llego a ejercer presión sobre ninguno. Veo mis manos extendidas, como las mujeres que secan sus uñas luego de pintarlas. Traqueteo las teclas, igual que hacía de niño con la máquina Olivetti de mi padre. Dirijo la mirada al monitor y me río con lo que veo: kdfhrljjvngjghijihñjhoi…
No hay caso, se fue todo a la mierda. Cojo el teléfono y llamo a mi amigo. Apago todo, con prisa. Quiero alejarme lo más rápido posible de esta habitación. Desciendo raudo por las escaleras, me detengo en la cocina, enciendo mi cigarro y antes de salir le digo a mi madre, gritando, que ya vuelvo, que quizá no venga a dormir y que no se preocupe.
Ya en el bar, y mientras tomo mi tercer chilcano, revientan en mi cabeza, cientos de ideas geniales, maravillosas, dignas de alabanza. Pero me resigno a perderlas nuevamente y como siempre. Seco mi trago, pido otro y conformo mi destino a escribir las mismas cojudeces de toda la vida.



