martes, junio 30, 2009

149

Para bien o para mal, siempre me cago de la risa. Es muy difícil ponerme triste o apesadumbrado. Trato de procesar de la mejor manera los malos ratos, las peleas y los rencores.

No soy de los que le contestan mal a todo el mundo porque estoy de mal humor. Y aunque no olvide rápido un episodio aciago, es poco probable que alguien, además de los involucrados, noten que algo malo me sucede.

No dejo de ir a fiestas, no cancelo compromisos ni citas, no apago mi teléfono; y menos aún, sucumbo a llorar abrazado de mi almohada. Nada de eso hago, así la esté pasando fatal.

Es más, hasta podría actualizar mi blog, mientras me aguanto las ganas de mandar todo a la mierda. Pero como ya dije, no soy de hacer berrinche por detalles nimios que puedan interferir sobre mi motivación principal de vivir; que casi se reduce a pasarla de putísima madre.

Por eso, cada vez que me acontece un hecho agobiante, suelo irme al cine, o llamar a alguien para tomar un trago y hablar de otras cosas, no de mis aflicciones. Me gusta también, coger el auto, y largarme sin rumbo por la ciudad, escuchando música a todo lo que da. Lo bueno es que siempre encuentro la manera menos brutal de aligerar la carga negativa de mis desventuras.

Y así, me procuro algo de felicidad, lo más rápido posible, para seguir viviendo…

martes, junio 23, 2009

148

El domingo que pasó, por circunstancias varias, tuve que pisar una iglesia luego de mil años. No fui a escuchar la misa, sino más bien, a recoger a mi madre, pues algunos problemas oculares le impiden ver bien de noche.

Así entonces, y calculando la hora de salida, dirigí mis huesos a la parroquia de mi barrio. La iglesia se encontraba agolpada de feligreses, y tuve que ingresar tratando de ubicar a mi progenitora. No pude hallarla en medio del gentío, por lo que decidí esperarla fuera. Fue entonces que un hombre mayor, me entregó un papelito con unos números impresos; luego advertí que se lo daba sólo a los hombres. Le di una mirada a los números y guardé el papel en el bolsillo de mi casaca.

Estando fuera, a unos metros del umbral principal, podía escuchar claramente la voz del cura que proseguía con la misa que parecía haberse extendido más de la cuenta. Y de pronto, en medio de los rezos y letanías, el padrecito invitó a todos a prestar atención para el gran sorteo de la noche. Se iban a regalar algunos objetos y un sagrado corazón bendecido como premio mayor, con motivo del día del padre.

Fue así, en un acto reflejo, casi mecánico, que volví a mirar los números de mi boleto: 3518, decía. Los primeros premios salieron y fueron entregados a sus felices ganadores en medio de la ovación. Pero faltaba el último, el más valioso, espiritualmente hablando, el “apagón” de la noche. Y el cura, haciendo gala de un manejo escénico digno de mejores causas, comenzó a cantar el número ganador, lentamente, con sus pausas dramáticas respectivas entre dígitos: treees…ciiinco…uuuno…-¡la puta madre!, me lo voy a sacar-. Otra vez miré el papel. ¡Demonios!, estoy a un numerito de ganar. ¿Qué hago?, ¿huyo?, ¿me hago el loco?, ¿regalo mi ticket premiado?

Si quieren saber, el último número fue siete. Estuve a un tris de ganar, y no lo hice.

Dicen que el Señor obra de maneras misteriosas. Que manda señales y mensajes que algunos no vemos. De haber ganado, podría haber sido una simple casualidad. Pero no, me faltó un número. Además, me dieron un papel que nunca debió llegar a mis manos puesto que era sólo para padres. Una señal más, sabiendo de mi rechazo a reproducirme.

Tantos años de apostasía puestos a prueba. Tanta herejía cuestionada por un boleto de rifa. ¿Acaso estoy siendo tentado por el bien? No, nica, nola.

Ya hay suficientes creyentes en este mundo. No necesitan más. Menos a mí que soy un soldado que hizo abandono de destino para saltarse el muro de la fe. Desertor de avemarías. Poetastro de calamidades. Tenaz fornicador. Buitre de malos agüeros. Vagabundo perdido por el lodazal de la duda. Felón y blasfemo. Incrédulo y rapsoda incontinente del pecado.

Así que no hay motivo alguno para llevarme de nuevo al redil. Los buenos espíritus no desean contar conmigo. Caí y me besó el diablo.

Entonces pues diosito, no te juegues así conmigo.

lunes, junio 15, 2009

147 (Bagua)

Han pasado varios días desde los aciagos hechos de la “curva del diablo”, premonitorio nombre en el que se dio uno de los peores enfrentamientos entre habitantes de una misma nación, pero de mundos distintos.

Lo que pasó allí, fue producto de varios acontecimientos, plagados de autoritarismo negligencia, indiferencia, desinformación, y finalmente, violencia.

Algunos amigos del extranjero me pedían que les aclare en algo el panorama de lo que aquí pasaba, pues las informaciones eran tantas y tan variadas, que era difícil saber a ciencia cierta, qué sucedía. Pero no pude, pues yo mismo estaba perdido entre cifras, opiniones, testimonios varios, de un lado y otro, sesgos e ideologías que impidieron hacerme de una opinión basada en algo de lo que yo pudiera estar seguro.

Ahora mismo, hay algunos puntos inextricables, más tirados a los tecnicismos y formalidades, que aunque me esfuerce, no creo poder entender. Lo concreto es que he leído los dos decretos leyes: el 1090 y el 1064, los mismos que han originado la muerte de 24 policías y un número indeterminado de nativos, pero que según la Defensoría del Pueblo llegan a 9.

Es obvio que el Gobierno y el Congreso, actuaron pésimo frente a los reclamos de los pueblos nativos; y reaccionaron tarde y mal, enviando 50 efectivos policiales a controlar a más de mil pobladores, desencadenando la tragedia espantosa que desgraciadamente, aún no acaba.

El primer DL no dice nada que resulte amenazante -en mi opinión-, y el segundo, puede ser interpretado desde varios ángulos en lo que respecta al uso agrario de las tierras; pero lo que me queda claro es lo dicho en los artículos 5 y 6, en los que, según entiendo, se protegen las 12 millones de hectáreas destinadas a los, aproximadamente, 400 mil nativos. (Van a tener que leerlos ya que no puedo copiarlos del pdf al blog, ni siquiera del Word)

La verdad, yo no veo en ningún lado del DL, lo que he venido escuchando, sobre que se les quitarán sus tierras y les serán vendidas a la mineras y petroleras. Eso lo decía la congresista Yaneth Cajahuanca, blandiendo un papel e incitando a los pobladores a defender sus tierras.

El otro punto, el primigenio, se basa en la NO consulta a las comunidades como lo exige el convenio 169 de la OIT y que el Perú firmó. Ahora, mis preguntas son: ¿A quién deben consultar? ¿A Pizango? ¿A cada uno de los nativos? ¿A los Apus?

Me hago estas preguntas ya que escuché decir a varios sociólogos, antropólogos, y nativos, que ellos no son salvajes, ni ignorantes, ni mendigos; pero que a su vez, no les importa el progreso ni el dinero. Tan solo desean cazar sus alimentos, pescar en el río y caminar felices por la selva. Yo no digo que eso sea salvajismo, todo lo contrario, pero tampoco se me hace imperativo preguntarles que hacer con el resto de la amazonía que es propiedad de todos los peruanos.

Particularmente, no me emociona que existan transnacionales gigantes, pues no pienso trabajar para ninguna, pero es bien cierto que estas vienen operando hace décadas y contaminando ríos, envenenando poblados con emisiones de plomo y tantas otras porquerías de las que ya se tiene conocimiento. Por ende, me resisto a subirme al coche de la coyuntura, y salir a las calles a tirar piedras en defensa de “mis hermanos nativos”, expresión hipócrita que se escucha cada vez que hay muertes; como lo que sucede en la sierra sur, o sea, “nuestros hermanos del ande”, que están muriendo de frío. Esas mismas personas de las que nos alejamos en la calle y despreciamos en las combis, o no dejamos entrar a discotecas o restaurantes.

Me niego a ser comparsa de ciertos dirigentuchos, que sólo saben joder la pita, y figuretear ad infinitum. No quiero, ni de chiste, hacer algo parecido a lo que hizo el actor Pablo Saldarriaga en la marcha que hubo en el centro de Lima, tocando su saxo frente a los policías, queriendo ser el hombre tanque de la plaza Tiananmen. Patético; como patético me resultó ver a Q’orianka Kilcher, la Pocahontas peruana, dando declaraciones como si algún derecho representativo le asistiera. Mejor pregúntenle a la Tigresa del Oriente y déjense un poquito de joder.

Otra cosa: ¿Qué va a pasar con los policías que asesinaron indígenas?; ¿Qué va a pasar con los indígenas que asesinaron policías? Supongo que dadas las circunstancias, tendrán que dar una amnistía, en caso de que se juzgue a alguien. Sino, se harán de la vista gorda y aquí no pasó nada. Como intentó hacer Fujimori con el grupo colina, pero esta vez, sin que se arme ninguna batahola.

No me van los maniqueísmos, y tampoco considero que deba tomar partido. Las ideologías sólo sirven para juntar personas y separarlas de otras. Que derecha, izquierda, centro, social democracia. Aprismo, humalismo, golpismo. Católicos, musulmanes, judíos o protestantes. No defiendo dogmas y no me encubro con sofismas ni galimatías. La objetividad plena, también se me hace quimérica, pero trato de valorar lo que pienso, pues sino me creo a mí, a quién carajo le voy a creer.

Por lo mismo, sería bueno dejar de proponer que se cierre el Congreso, ya que, lastimosamente, a todos los que allí habitan, los pusimos nosotros, los votantes (votontos, diría yo). Al megalómano empanzado de Alan, también lo pusimos, y somos los que más adelante pondremos a Humala, Bayly, Keiko, o cualquiera de los ciudadanos nacidos en esta hermosa tierra del sol, y mayores de 35 años, que decidan hacerse con la banda de Presidente.

Al menos suspendieron los decretos para que se establezca un dialogo. Es un primer paso que, ojalá, preceda a otros mejores que no sean arruinados por algunos intransigentes más papistas que el Papa. Acá no se enarbola la indiferencia o se incita el alpinchismo. Acá se dice lo que se piensa y es de lo único que estoy convencido.

lunes, junio 08, 2009

146

Me siento como el cigarrillo que el ex fumador, jamás llegó a encender. Cada día que pasa su voluntad se hace más fuerte, y yo cigarro, espero un destino algo digno. No es justo que haya sido creado para ser consumido y luego estrellado contra el pavimento o contra el frío metal del cenicero y no pueda cumplir esa misión. Maldita sea, quiero ser fumado o destruido, pero no deseo permanecer inerte en el cajón de un velador, llenándome de hongos y de salpicaduras amarillas sobre mi fina piel de papel.

También me siento como el contenido de un frasco que alguien cerró muy fuerte, y que ahora nadie puede abrir. Saben que yazgo ahí dentro, pero no hay modo de sacarme. O como el lapicero que cayó y rodó abajo del mueble, justo detrás de la pata gruesa, impidiendo que sea visto por más que se le busque.

No es exactamente soledad, tampoco tristeza. Quizás me sienta inútil y olvidado. Como aquella pelota que fue a parar a la terraza de los vecinos viejitos, incapaces de subir a buscarla, incapaces de escuchar el timbre y abrir la puerta para que alguien la rescate. No es su culpa, ni la del que la mandó allí de una patada. No es culpa de nadie y menos de la pelota.

Espero ser hallado pronto. Iluminado por el reflejo de alguna luz que me permita ser visto. Deseo ser recogido por los brazos de una copa entera y no rota. Quiero respirar de nuevo el aire punzante que lastima mis pulmones.

No quiero ser un yaraví.