150 (Fin de temporada)
El despecho amoroso, debe ser uno de los sentimientos más horribles y complejos por los que atraviesan los humanos. Esa mezcla de impotencia, rabia, angustia, malquerencia, y tantas otras feas sensaciones que convoca el haber sido dejado por alguien. Se suele tomar como una afrenta, como una puñalada canallesca asestada sobre el espinazo del buen y noble amor.
Seguramente todos hemos pasado por eso. A todos nos han dejado plantados. A veces en medio de una tormenta, o en el mejor de los momentos. Duele igual. Las consecuencias nos quiebran las rodillas, nos acelera los latidos y la punzada entre los ojos, se torna insoportable.
Pero saben: a pesar de todo el sufrimiento y las lágrimas, nunca pierdan la dignidad. No se regalen u ofrezcan como esclavos/as. Se puede suplicar por comida, techo o abrigo; pero jamás se debiera suplicar por amor. No supliquen. A llorar al río, a morderse la lengua y las ganas. Si te dejan, no hay nada más que hacer. Finito, caput, cancel, game over.
No te arrastres, no hagas pataletas en su presencia, no prometas ni llores. Busca a tus amigos, a tu familia. Recurre a la botella, por último, pero no des espectáculos lamentables. No te hagas mierda.
No creas que después de él/ella no existe más nada. Que jamás vas a querer a alguien así. Mentira. El tiempo, aunque inexistente, siempre salva y cura todo. No urdas venganzas. No gastes en amarres mágicos que no han de funcionar nunca. No te quieren y punto.
Así de crudo, así de real. Se sabio/a y no te pases el tiempo armando rompecabezas sin piezas a la mano. No te eches la culpa. Asume con altivez tus heridas. Restáñalas. Respira muy hondo y trágate el sapo de tu nueva dieta, esa que te has de comer sin compañía.
Resiste y vive. No seas idiota.


