Bello vello
A mi lado, una migo esperaba impaciente que se inicie el show. Ambos queríamos ver a las chicas contornearse al rededor del tubo. Seguir sus movimientos gráciles o encabritados al ritmo de melodías sensuales con sabor a tutifruti.
En cambio, prorrumpió en el recinto, una caterva de mariachis disparando sus balas de fogueo y cantando las mañanitas, alterando por completo nuestra putañera noche, y convirtiéndola en una mañana dominguera de plazoleta san miguelina.
Nosotros, que veníamos de beber unos pisco sours en el hotel Bolivar, (lugar en que se hospedó Ava Gardner) para hundir nuestras miradas en los vellos púbicos de miluskas y casandras; acabamos viendo los mostachos del gran ‘negrete’, aquel seudo mariachi mexicano nacido en Yauyos.
Al medio del salón, la hetaira homenajeada por el novio-caficho, celebraba su onomástico con lágrimas que corrían su grueso maquillaje.
El tiempo discurría a ritmo de trompetas, y la mona Jiménez, que antes preguntaba por el vino, tuvo ceder su lugar al rey David.
Continuaron las canciones, los parroquianos contagiados hacían sus pedidos y, de pronto, un sombrero inmenso se posó en mi cabeza. Yo no había terminado de quitármelo, cuando un flash resplandeció en la habitación; y enseguida fui invitado a bailar por la cumpleañera. Enceguecido por la luz y la emoción (y el alcohol), me eché a danzar un jarabe tapatío mientras recordaba algún capítulo del chavo.
La fiesta se había desatado. Hubo tragos de cortesía -mía y del local-. ‘La Gruta Azul’, hizo una pausa extraña, bizarra, inverosímil. Mikuskas y casandras, eran hora fátimas y berthas. Ya nadie pagaba por caricias o bailes. Mi amigo, comía un piqueo snack que alguien mandó comprar, mientras Carmen llenaba mi vaso con cerveza pagada por otros.
Pregunté a Helena si acostumbraban a festejar sus cumpleaños así, y me contó que era la primera vez. La alegría que transmitía su mirada, la honestidad de su sonrisa y el afecto de sus manos acariciando las mías, eran impagables, a diferencia de los treinta soles que me hubiera costado llevarla a la cama, otra noche cualquiera.
Hora y media después, acabado el show de serenata y con los mariachis en retirada, todo volvió a su cause. Alguien pasó una escoba, otro acomodó un poco el desorden y todas ellas tomaron sus posiciones habituales. La festejada inició el striptis bamboleando su lujurioso cuerpo, pero yo sólo podía ver sus ojos.
Al salir, quise despedirme de algunas, pero ya estaban ocupadas: bailando, o sobre las piernas de los clientes más recalcitrantes; y mientras el taxi me llevaba a casa, pensaba en que la felicidad dura poco, casi nada…pero lo suficiente.


