Sueños orínicos
Cada vez que activo la función sleep del televisor y me preparo para dormir, me asalta la incógnita más jodida y frecuente de los últimos años: ¿qué coño sonaré?; pues es sabido que en el mundo paralelo de los sueños, todo puede suceder, y eso, me asusta mucho.
Me han matado muchas veces y de variadas formas. Me han disparado, acuchillado, decapitado y volado en pedazos. Me han atacado desde perros, hasta monstruos mitológicos repugnantes. Se me han caído todos los dientes y salido las tripas por la boca. He amado decenas de mujeres y les hice el amor a cientos (en la realidad, han sido algunas menos).
Viajé a galaxias tan bellas como lejanas, salvé planetas y derroté a Dios en un juego de sapo. También recuerdo haber asesinado y violado. Robado y huido. Todo ello, en esa especie de verdad alternativa de lo onírico, que amalgama y confunde recuerdos de infancia, frustraciones y deseos inconfesables, en películas que se proyectan inevitables, justo después de cerrar los ojos.
Y así, una noche de martes en que me disponía a morir unas horas, y siempre confrontado a mi miedo; decidí que recordaría cada detalle de mi sueño, y que apenas despertase, lo apuntaría para intentar descifrarlo. Busque lápiz y papel, cogí el control remoto y programe la tele para que se apagara en 30 minutos. Fui al baño a echarme una meadita, pero estaba ocupado.
Me acosté, tratando de relajarme, como induciendo mí encuentro con Morfeo, y ahí estaba yo, caminando por una calle empinada que unía la playa con la ciudad. Iba recogiendo algunas hojas caídas de los árboles. Disfrutaba del ocaso como no suelo hacer. Podía sentir el olor a mar, mezclado con el de la basura que se quema. Mala combinación.
Mientras avanzaba, el paisaje se fue oscureciendo y la tufarada se torno insoportable. Ya no había gente. Cuando me di cuenta, y antes que cayera la plenitud de la noche, pude ver que la calle no se interrumpía por ninguna otra. Era infinita y no me quedaba otra que avanzar en línea recta; estaba imposibilitado de voltear y también de retornar.
La luna en el cielo, tenía forma de cometa y estaba sostenida por una pita que se perdía en el agua. Era muy poco lo que podía ver, el viento zarandeaba la luna y tanto la alejaba como la acercaba, así que la poca luz, simplemente, iba y venía.
Caminé durante horas, en las que sólo se escuchaba mi respiración alterada. La sed y el cansancio menguaban mi fuerza, pero nunca me detuve. Debí haber andado tanto, que en un momento, empezó a clarear. Como en una disolvencia, se apareció el horizonte y lo primero que vi, fue un puente de madera. La calle, ahora adoquinada, me impedía ir de prisa. Lentamente, pude subir los escalones de roca que me llevaban a él.
Al atravesarlo, me sentí más tranquilo, sobre todo cuando distinguí a ese par de muchachos que venían en dirección a mí. Tendrían entre 20 o 23 años, aproximadamente. Cuando estuve a su lado, quise hablarles pero algo en la mirada de uno de ellos, me inhibió de hacerlo. Estábamos a mitad del puente y justo cuando habíamos terminado de cruzarnos, sentí que el de la mirada extraña, retornó violentamente y me tomó por el cuello. El otro, intentó cogerme de las piernas para luego los dos, lanzarme por el borde. Me defendí como un animal y logré soltarme de uno, mientras continuaba luchando con el segundo.
Fueron momentos aterradores en los que pude sentir los miedos básicos y primarios que siempre me atormentan. La batalla continuó más tiempo. Ellos no cesaban en su intento de matarme, y yo tampoco en el de vivir. Así fue que llegamos hasta un extremo del puente y pude coger una gran piedra que reposaba al costado de una peña. Algo que no recuerdo sucedió en ese instante; lo siguiente que estoy viendo, es a mí, destrozando el rostro de alguien, que ya no consigo reconocer.
Mi furia está ardiendo y ahora es el otro quien yace en el piso. Le estoy partiendo la cabeza con un tronco que obtuve sin saber cómo. Sé que están muertos pero no dejo de golpearlos. Entonces, se me ocurre hacer con ellos lo que quisieron hacer conmigo. Los arrastro uno por uno y con mucho esfuerzo, los arrojo por el puente, y observo con deleite, como revientan sus cuerpos contra los peñascos de un mar teñido de rojo.
Estoy babeando sangre, jadeo como un predador que acaba de cazar su presa, y mis ojos bañados de sudor, apenas me permitan ver el sol, mientras me he sentado a descansar mi postergada muerte.
Sólo el cansancio amaina mi violencia. Pero una vez repuesto, me asomó a la baranda y los veo allá abajo. Despanzurrados, flotando atrapados entre unas rocas. Y decido perpetrar un acto más de odio y venganza. Descorro mi bragueta, y envilecido de rencor y desprecio, alivio mi vejiga sobre ellos. Descargo toda mi urea en sus cuerpos, bañándolos de herrumbre y abominación.
A lo lejos, se oye un llanto callado, un sollozo que viene de otra dimensión, de otro mundo, como de la realidad. Es Rubí, mi sobrina de dos años que ha despertado y junto a ella, casi todos en la casa.
Despierto sobresaltado, lleno de angustia, sudoroso, y malditamente mojado. Me “hice” en los calzoncillos. Me oriné en la cama y en la poca dignidad que reservo. Me desnudo, envuelvo la ropa con las sábanas y el edredón. Busco un pantalón de buzo y llevo todo a la lavadora. Me doy una ducha y me pongo a escribir.
Por la tarde, mientras espero el bus para retornar a casa, veo a dos adolescentes que miran mis zapatillas con aviesas intenciones. Simplemente sonrío y observo en derredor. Hay una construcción cercana, hay piedras, también palos. Mi risa se agiganta y ellos se espantan y se alejan. De pronto, mi corazón late más fuerte, mis pupilas se dilatan y varios hilos de sudor lubrican mi frente. Mis puños se cierran con fuerza, mis venas se ensanchan y sin más, me asaltan unas ganas profundas, irrefrenables, casi enfermizas y diabólicas de mear...

