Momentos II
1 Jamás le regaló una flor, ni le compró peluches. Tampoco le escribió verso alguno y le costaba decirle cosas lindas. Aunque la amó con toda el alma, siempre pensó que había sido un estúpido por no poder ser romántico con ella; hasta que recordó aquella vez en que después de hacer el amor, ella se echó a dormir, y él se pasó la noche entera, observando su cuerpo, oliendo sus cabellos, pasando sus dedos sobre la piel silenciosa de su amada, durante horas. Recordó haberle dicho, a media voz, como arrullando su sueño, cuánto la amaba y todo lo que estaba dispuesto a hacer por ella. Y entonces pensó que eso era lo más romántico que había hecho en su vida, aunque en el fondo fuera un pequeño acto de cobardía.
2 Le faltaban dos cuadras para bajarse del bus, y justo, cuando se disponía a levantarse del asiento, entró ella…se sentó frente a él, puso su mochila sobre las piernas, acomodó los tirantes de su uniforme, y dormitó. Tendría 15 años, aproximadamente. Él continuó sentado sin dejar de observarla. Su hermoso rostro, aunque de niña, transmitía una sensualidad infrecuente para alguien de esa edad. No tenía grandes tetas ni piernas exuberantes, pero algo en ella lo perturbaba sexualmente. Sintió que su pene se ponía duro y le pareció mal. Trató de taparse con las manos, pero ella ya lo había notado. Lo miró fijamente y sin emitir ningún sonido, movió los labios con tanta claridad, que se pudo dar cuenta de lo que sin decirle, le dijo: se-te-pa-ró-la-pin-ga. Luego se acercó a la altura de su oreja derecha y suavemente le susurró: si me quieres cachar, te cobro veinte lucas…; él se bajó del carro y mientras caminaba hacia su casa, sólo podía pensar en que a sus 42 años, no disponía de esos malditos 20 soles.
3 Ella sabía que más de tres copas de vino, eran su perdición, sin embargo, esa noche dejó que Patty le sirviera todo el vino que quiso. Fueron dos botellas de un cabernet barato. Lo último que recuerda es a Patty quitándole la ropa y besándola por todo el cuerpo, y aunque a ella le gustaban los hombres, dejó que pasara, tanto porque sintió placer, y tanto porque las fuerzas no le daban para resistirse. Al día siguiente, luego de darse una ducha, llamó a Patty para preguntarle qué había pasado la noche anterior. Hizo como si realmente no recordara nada. Lo que recibió de respuesta, fue una sincera confesión por parte de su amiga; le dijo que se habían emborrachado y que sin saber cómo, habían terminado teniendo sexo. Nadie dijo nada durante algunos segundos; se oyó una respiración profunda, acompañada de una suave pregunta: ¿Y a ti, te gustó? Pasó otro largo silencio y se oyó la otra voz que decía: ¡Mucho! Nunca más se han vuelto a ver, ambas están casadas y tienen hijos.
4 Luego de dejarle unas flores al pie de su lápida, secó sus lágrimas y se marchó; pero unos pasos más adelante, se detuvo y regresó. Vio que no había nadie cerca, se bajó los pantalones y se masturbó sobre la tumba de Constanza. "Me hubiera encantado tener un hijo contigo" -le dijo, como si pudiera escucharlo-. Esparció su esperma con la punta del zapato y se fue. Mientras caminaba, pensaba que ese había sido su último acto de amor para con alguien. Más tarde, saltó de un puente que esa misma mañana, había inaugurado el alcalde de la ciudad. Hoy ese puente, lleva su nombre.
5 Ocho horas después de hacer el amor, cogió el teléfono, la llamó y le dijo:
-Amor, eres como el nuevo Trident…
-¿Por qué?
- Porque tu sabor no se va.
Colgó y pensó que era el piropo más idiota que se le había podido ocurrir.

