domingo, agosto 30, 2009

"Chanta"

En estas épocas de imposible anonimato, en las que puedes ser rastreado y escudriñado hasta tu colon irritado. Justo hoy en que nuestro dedo índice se ha convertido en el procesador más poderoso de la historia, pues en su punta cabe toda la información posible, gracias a un simple clic. Precisamente cuando ya no es posible decir mentiras impunemente; hay que ser demasiado imbécil o demasiado conchudo, para crearse un mundito paralelo, con nombre falso, nacionalidad falsa, hojas de vida envidiables pero inexistentes, palmarés ajeno y adjudicación de ideas salidas de otras mentes.

Ahora, si te creas eso, todo junto, ya estás cagadazo. Tienes problemas serios y estás parado viviendo en un acantilado, esperando ser empujado al inmenso mar de tus mentiras. Y no te quejes cuando caigas de cacharro contra los peñascos y se te reviente la panza. Así veremos salir tu embuste a manera de tripas, flotando sobre tu cadáver.

No saben cómo me jode que la gente me quiera mentir y agarrarme de huevonauta.
Que digan que son cuando no son. Que tienen cuando no tienen. Que saben cuando no saben. Que cuentan con premios, cuando a lo mucho tienen apremios.

Para ser un farsante, tienes que ser bueno; y vaya que conozco a algunos. Pero al que conocí hace poco, le falta mucho por aprender. Y eso me da más rabia.
Que me pasee un tigre, un bravo de bravos, un chucha en el arte del engaño, vaya y pase; pero que me quiera agarrar un mequetrefe, aprendiz de Peterete, un cagoncito bisoño, proyecto de basura; eso sí que me revienta el hígado, y pulsa mi botón de asesino.

Así que argentino. Así que ganador de cannes, escritor de un libro y creador del cuy mágico ¿no? ¿No se te ocurre, infeliz, que cuando así te presentas, lo primero que uno hará, es ir corriendo a la red de redes, pare ver tus fotos, tus premios y tu página web?

Si al menos te hubieras puesto otro nombre, si hubieras suplantado -no inventado- alguna identidad que te cubra, es posible que la hubieras hecho; claro; con el resto, pero conmigo, ni cagando.

Espero de corazón que me “goglees” como yo lo hice contigo, y puedas leer esto.
Deseo descarnadamente que te enteres que me entero.
Me encantaría darte una paliza pero tu polio me lo impide. ¿O es que cojeas así para cobrar un seguro? Más te vale que no, porque si estás sano, vas a quedar torcido y patuleco, pero en serio, loco.

Mañana te voy a ver la cara. Anda inventando algo bueno, o sino, improvisa, sonea o rapea. Si dices ser creativo, y de los buenos, quizá te puedas salvar.

¿Entendés, boludo?

lunes, agosto 24, 2009

Albor...albur

Uno toma decisiones todo el tiempo. Siempre estamos enfrentados a elecciones que van desde escoger un color, hasta disparar un arma si tu vida corre peligro.

Hay decisiones que se toman en segundos, algunas llevan más tiempo; incluso hay las que nos tomarán la vida entera.


Algunos deciden suicidarse a pesar de tener salud, dinero y amor. Pero otros, se aferran a la vida aun sufriendo los tormentos más horrendos. Las razones que nos impulsan a optar por una cosa y no otra, son insondables.


No siempre son el sentido común, la razón o la lógica las que nos guían en las decisiones. Al contrario; estoy convencido que la mayoría de las veces, elegimos en base a la emoción, la intuición o la pasión. La parte racional es tomada en cuenta, pero no considero que sea determinante.


Y me parece bien que así sea. No somos robots que procesamos información y emitimos respuestas en base a cálculos que, estadísticamente, nos minimicen las posibilidades de yerro.


Además, hay decisiones que a pesar de ser las acertadas, igual nos producen llanto, temor o incomodidad. ¿Por qué? Pues porque somos una especie que está llena de esas contradicciones que nos permiten alegrarnos la existencia o jodérnosla sabiendo de antemano los efectos.


Es el tiempo, quien se encargará de pasarnos las cuentas, a favor o en contra. Será el destino, el mensajero de las malas o buenas nuevas. El futuro llegará ineluctable con el pulgar arriba o nuestra suerte echada.


Ante ellos me encomiendo, ahora que tiré los dados.

lunes, agosto 10, 2009

Chucherías

A los 12 años, y con mi sexualidad a punto de bullir, sucedió. No me quedan claras las circunstancias, pero una pareja de daneses se hospedaba en casa. He olvidado sus nombres pero jamás se me va a quitar de la mente lo que vi aquella mañana en que contesté el teléfono. Alguien me habló en un idioma extraño y comprendí que buscaban a los huéspedes. El marido había salido por cigarros y la esposa se encontraba en la ducha. Lo único que hice fue tocar la puerta del baño y gritar: ¡telephone!, -con mi mejor inglés-. Lo que ocurrió después, fue como para no creer. Ella salió del baño, desnuda y con el agua discurriendo por su blanquísimo cuerpo. Sin inmutarse, cogió el aparato y atendió la llamada. Yo la observé toda, pero encuadré con énfasis sobre su escandinavo y blondo sexo. Parecía no importarle mi presencia, pero me retiré educadamente, pues no quería que ella viera aquella explícita erección, que terminaría trocando mis poluciones nocturnas en salvajes y munificentes apuñaladas.


Tendría 19 años cuando aconteció por segunda vez. Estaba haciendo colocar unos protectores a los faros del auto de mi padre, allá por la avenida México. Mientras esperaba, observé a dos muchachas de aproximadamente 16 años. Ambas, sentadas sobre una banqueta, conversaban sobre la depilación genital. Usaban un lenguaje bastante vulgar y soez, pero eso no fue lo que me impacto. De pronto, una de ellas, levantó una pierna sobre la banca, y así, sin más ni más, procedió a retirar hacia un costado la tela del calzón, mostrando a su amiga lo bien que le había quedado su primera trasquilada. Juntó de nuevo las piernas y me miró desafiante, espetando a guisa de pregunta: ¿Y tú, qué chucha miras, huevonazo?; y yo, aún con la imagen en mis retinas, sólo atiné a responder: “la tuya pe”; usando el tono más achorado posible.Felizmente, la reacción de la chica, fue soltar una estruendosa carcajada que acabó con la tensión. Se pusieron de pie y se marcharon, no sin antes hacerme unos gestos obscenos que no me atreví a responder.


La tercera vez, transcurrió un domingo de verano por el circuito de la Costa Verde. Avanzaba lentamente con el carro, pues había un tráfico espantoso. Los bañistas salían en retirada y ocasionaban la congestión. Serían las 5 de la tarde pero el sol alumbraba con mediana intensidad. Una señora, muy entrada en carnes y años, estaba quitándose la arena del cuerpo en unos pequeños grifos de agua instalados al borde de la pista para tal efecto. Y volvió a suceder. La vieja, no tuvo mejor idea que correrse la ropa de baño y asearse prolijamente la zona en cuestión, a vista y paciencia mía y de todo el mundo. Recuerdo claramente la escena, aunque he tratado de olvidarla con todas mis ganas.


Quizás son 7 ú 8 años desde la última vez que pasó. A un vecino de la quinta en la que vivo, se le había bajado la batería del auto y me pidió que lo ayudara a empujarlo. Acepté de mala gana, pero a la luz de los hechos, hice bien en no excusarme alegando alguna prisa o dolor. Y es que justo cuando me disponía a empujar, apareció en escena la esposa del vecino, con una especie de bata que dejaba traslucir sus grandes pechos. Pensé que con eso era suficiente, que había valido largamente la pena. Pero no. A la orden del marido, nos echamos a empujar con vehemencia, y volvió a pasar. Tanto ímpetu y esfuerzo, se vio recompensado cuando la vecina resbaló perdiendo una sandalia, y con la viada que llevaba, cayó aparatosamente al piso, dando un par de tumbos que permitieron darme cuenta que no llevaba ropa interior. Y ahí estaba, una vez más, otro sexo de mujer enfrentado a mis ojos, sin haberlo solicitado.


Cuatro encuentros cercanos del mejor tipo (diría tres, el de la vieja no cuenta), cuatro avistamientos involuntarios, me parecen muchos, teniendo en cuenta que no existió ningún tipo de persuasión previa. No tuve que recurrir a mis artificios de seducción, ni mentir, y menos, suplicar. Con lo que le cuesta a uno acceder a esos tesoros, conquistarlos y adueñarse de ellos, diría que no estuvo tan mal.


Tal parece que a unos se les aparece la Virgen, y a otros, aunque con "yaya", también.