martes, noviembre 25, 2014

Historias máximas I

No me gusta cuando llamas a contarme tus cosas. Y no porque me llene de celos mientras narras como el maldito de tu novio te hace sentir espléndida. Tampoco porque me aburran tus peleas idiotas con él, o con gente de tu chamba. La razón por la que odio que me llames, es simplemente porque tu voz me vuelve loco. Me excita de una manera inaudita y no importa lo que estás diciendo; a los minutos, no puedo evitar bajarme los pantalones y tocar con avidez mi enhiesta genitalidad. Y no, no te amo, no muero por tu amor; tan solo por tu cuerpo, y claro, tu voz. No sabes lo mal que me siento cuando mencionas hechos lejanos, ajenos, mientras yo froto mis partes con fruición. Y mientras te despides y te vas, yo me vengo inmenso sobre tus tonos dulces y graves cuando me dices que gracias por escucharte y ser tu mejor amigo.   

martes, junio 10, 2014

AMÓRBIDO

«No te vayas», le dijo mirándola a los ojos; me parece una descortesía que te marches sin que acabe el cigarro que me acabas de invitar.
 Ella relajó su cuerpo sobre la silla, le devolvió la mirada por un instante y permaneció callada, como dándole la oportunidad de que ganara, permitiéndole una falsa victoria o una patética venganza.
Él continuó fumando y, antes de apagarlo, aspiró una gran bocanada de humo,  lo retuvo en sus pulmones,  presionó la colilla contra el cenicero para luego exhalar la última fumarada sobre el rostro de Vivian.
-Ya te puedes ir-,  musitó Fabricio.


Se habían conocido en el cine. Ella, sentada a tres butacas de la misma fila reaccionaba airada contra las personas que hablaban en la sala, cosa que él había dejado de hacer hace tiempo, pues luego de varias discusiones asumió que era inútil y se resignaba en silencio; pero celebró a rabiar cuando ella, en un arrebato de indignación, lanzó un envoltorio arrugado de galletas a un tipo que, filas más abajo, manipulaba con afán su moderno celular,  iluminando la sala con la molesta luz  del aparato.

A la salida, se encontraron nuevamente en la puerta del ascensor  que conducía al sótano en el que ambos habían dejado sus respectivos autos. Fue en ese momento que Fabricio aprovechó para comentar el incidente de la galleta y mostrarle su simpatía por tal hecho.
Es que no soporto a quienes hablan, comen haciendo ruido, o están actualizando su facebook, ¡me revientan! -contó ella-. Te entiendo -dijo él-; no sabes la cantidad de broncas que me he ganado por la misma razón, solo que ya me cansé  -confesó-.
Fácil porque tú eres hombre, la gente se arrebata y te contesta, cosa que no hacen conmigo porque además de burros, son machistas -concluyó Vivian-; por eso es que trato de venir al cine tardísimo, o muy temprano y nunca los martes… ¡Eso, nunca los martes! -interrumpió Fabricio-.
El ascensor detuvo su marcha y, sabiendo que pronto habrían de separarse, Fabricio arriesgó una salida para evitar desvincularse para siempre de Vivian: «si sueles venir sola al cine, podríamos venir juntos, yo siempre vengo solo»… Ella lo observó unos segundos, sonrió y dijo: Ya, bacán; yo vengo mañana para ver la última de Cronenberg, si te parece… Claro que me parece -asintió-,  ¿a las once está bien? A las once es perfecto -respondió ella-
Ya camino a su auto, Fabricio reparó en varias cosas: que Vivian, a pesar de no ser bella, desprendía un desenfado especial que sumado a sus grandes ojos marrones y cabello rizado la volvían sumamente atractiva; que sus ropas, insinuaban unas formas abultadas que calzaban justo con sus preferencias; que su voz grave y algo ronca, transmitía una sensualidad primitiva que no terminaba de aflorar. Todo eso la convirtió en algo más que una cita casual o un “contacto” agregado a sus redes sociales.
No le importó haber mentido al decir que siempre iba solo al cine, ni que la relación con su enamorada gozara de buena salud.
Esa misma noche, Fabricio alimentó algunas fantasías, con la misma intensidad que sus temores. Cabía la posibilidad de que Vivian nunca asista al encuentro programado, que en ese preciso momento le estuviera contando a sus amigas lo ocurrido con aquel chico del cine, burlándose de su ingenuidad y de la estúpida manera de abordarla. Aunque, en el fondo, guardaba la esperanza de que el encuentro si se produjera, sabiendo la de problemas que ello  traería.

Al día siguiente, inventando alguna excusa con la universidad, reservó la noche para Vivian originando una pequeña discusión con su chica por tratarse de un viernes que hasta ese momento, era sagrado.
Fabricio decidió que pase lo que pase, llevaría su aventura hasta donde se le permitiera.
Horas antes de la cita, eligió cuidadosamente lo que tendría puesto; se tomó algunos minutos en resolver si usaría perfume, si afeitarse, incluso pensó en cortarse el pelo, pero al ver que no le daría el tiempo, optó por olvidarlo. Se encontraba ansioso por los detalles, pero más, por imaginar qué estaría haciendo Vivian mientras él sucumbía expectante ante algo que quizás nunca sucedería. Le tendría que haber pedido su número -pensó- En esos ajetreos mentales, anduvo incierto, hasta que la cercanía de la hora lo llevó presuroso a la ducha y su acicalamiento final.
Subió a su auto, y mientras se acercaba al centro comercial, fue asaltado por un ataque de pánico que menguó unos minutos tras fumarse dos cigarros compulsivamente. Estacionó en el sótano tres (como la noche anterior), y permaneció sentado mientras observaba  con impaciencia si entre los demás autos se encontraba el de Vivian. Miró la hora en su celular y bajó.

Faltaban diez minutos para las once, se fijó en los paneles que la película comenzaba veinte minutos más tarde; fue a la ventanilla y compró dos entradas, infundiéndose un ánimo que segundos antes había perdido por completo.
Se asomó a las gradas eléctricas, esperando que en cualquier momento se materialice la mujer que aguardaba, subida como una diosa por los peldaños grises de aquella máquina hipnótica que conducía a las personas en trepada celestial. Sin ver de nuevo la hora, hizo un cálculo mental que arrojaba ocho minutos transcurridos. Antes de completarse el noveno, sintió que todos sus órganos se acomodaban. Una extraña sensación de placer y alegría recorría sus sentidos, al punto que se encontró riendo de muy buena gana, sin advertir, conscientemente que lo hacía. Fue ella quien se lo hizo notar al terminar de ascender las escaleras y estar frente a él: ¿De qué te ríes? -preguntó Vivian- Al reparar que, efectivamente, reía, contestó con sinceridad plausible lo que brotó en ese momento: me río de contento -respondió eufórico-
No hubo tiempo de mayores saludos, ya que faltaba pocos minutos para que inicie la función. Se sumaron a la pequeña fila de personas que esperaban para entrar a la sala doce, y cuando esta se empezaba a mover, Fabricio preguntó sin mucha convicción: ¿quieres canchita y gaseosa? ¡Ah, sí!, claro; también hot dogs y chocolates… -dijo Vivian- terminando la frase con una espontánea carcajada. No te burles, tenía que preguntar -dijo avergonzado-
Dos horas después, mientras comentaban la película sentados en la terraza de un café, no llegaban a ponerse de acuerdo en algunos detalles. Ella -que había visto casi toda la filmografía de Cronenberg- apuntaba ciertas inconsistencias en la dirección, aduciendo que parecía una película hecha por cualquier otro director, y que, a pesar de estar bien realizada, ninguna reminiscencia le remitía al susodicho cineasta. Él -que gustaba más de los taquillazos comerciales-, mentía -nuevamente- diciendo que le había encantado (en realidad, le pareció aburrida), y que era, a su entender, la mejor cinta del autor en cuestión.
Vivian intuyó que Fabricio no había visto ninguna de las obras anteriores, pero no quiso ponerlo en apuros indagando al respecto. Cambió el tema de conversación y lo derivó a terrenos, más bien, personales. Le contó que estudiaba Comunicaciones en la Católica, que había terminado una relación de dos años hace algunos meses, que era huérfana de madre y que su sueño postergado era estudiar Cine en Buenos Aires. Él, a su vez, mencionó sus estudios de Contabilidad en la San Martín, que sus padres estaban divorciados varios años, y que, entre otras cosas, uno de sus mayores anhelos era ser piloto de rally o campeón de Muay Thai.
Una de las pocas coincidencias  que tenían, era su afición por los viajes. Se tomaron buen tiempo comentando sobre las ciudades que conocían, pero a diferencia de él, ella conocía varios países de Latinoamérica. Conversaron, además, sobre tópicos relacionados a la vida misma, gustos musicales, creencias e ideologías. Quedó claro que Vivian poseía mucho más recursos a la hora de entablar una conversación, sin llegar a la erudición de tipo intelectual, pero con la naturalidad innata que le daban sus lecturas, viajes y experiencias. Lo que Fabricio explotaba era su sentido del humor, su carácter lúdico y bonachón, con el que salía bien librado de cualquier trance culturoso; pero, sobre todo, aprovechaba su gran atractivo físico que le había canjeado muchas conquistas a lo largo de su vida.
Al término de la velada, intercambiaron números telefónicos, y se despidieron con la promesa de volverse a ver, sin que para ello mediara mucho tiempo.




Los encuentros se sucedieron siguiendo el cauce normal de la situación: cine, pubs, y a veces, teatro y conciertos; los últimos dos, más por motivación de Vivian. Fabricio, solía pasar los días con su enamorada en reuniones con amigos comunes, videojuegos; también cine y sexo, mucho sexo. Dada las circunstancias, comenzaron a espaciar las salidas con su novia; los pretextos se multiplicaban y las riñas también.
Él creía estar enamorado de Sofía -su chica-, pues, además de ser hermosa, compartían intereses afines, que no requerían mayor voluntad que las ganas de pasarla bien; pero la aparición de Vivian, lo había colocado en medio de muchas dudas que no lograba disipar, a pesar de sentirse tan bien con “Sofi”, como le gustaba llamarla.
De pronto, se abrieron ante él, nuevas inquietudes; sensaciones inéditas que le resultaban extrañas, y que lo arrastraban, irremediablemente, al barranco ciego de la incertidumbre. Más aún, cuando experimentó la cercanía física de Vivian y el atractivo salvaje de su piel. No era ella, una amante magistral, ni muy diestra en el arte del somier, pero tenía el timing exacto, la pausa justa, las palabras indicadas en el momento indicado, el susurro cálido o el gemido estentóreo… Y, sobre todo, tenía la maravillosa virtud del silencio posamatorio. Se abandonaba en un trance silente, como rememorando cada movimiento desplegado sobre su cuerpo, cada caricia, cada beso, y ello le permitía seguir disfrutando prolongadamente de lo que consideraba el mejor rito inventado por la naturaleza.
Las charlas no eran menos estimulantes. Ella le contaba de películas que le despertaban curiosidad infinita, le hacía escuchar grupos de ritmos ignotos, y claro, le hablaba de libros que a él le daba flojera leer. Aunque se remitía a todo ello, únicamente cuando estaba con Vivian, creyó que en algún momento sería interesante hacerlo por su propia cuenta.


Fabricio, al cabo de un tiempo, se sentía enteramente cautivado por Vivian; no hacía más que pensar en ella, la extrañaba, la deseaba, y empezaba a amarla inevitablemente. Descuidó por completo su relación con Sofía, pero casi no le importaba. Pensó en pedir consejo en alguna amiga, pero supo de inmediato lo que le dirían: “estás enchuchado”, “estás con la cabeza caliente”, “eres un huevón”.
Descartada la ayuda, decidió avanzar con firmeza, tras los rastros que dejaba Vivian en cada uno de sus pensamientos; aunque no tuviera la menor idea, una señal certera, ni siquiera un indicio razonable, de que ella estuviera sintiendo lo mismo por él.

Fue un jueves de diciembre, en que Fabricio decidió contarle a Vivian, lo que por ella sentía. Trató de ser lo más convincente, calmado y emotivo que pudo. Y a pesar de que su inspiración era real, las palabras no encontraban de modo alguno, traspasar el rostro de Vivian. Ella se mantenía impasible ante los esfuerzos verídicamente seductores de su interlocutor. La razón era simple: ella no sentía ni remotamente lo mismo por él, lo único que le despertaba era deseo, gusto o, en el mejor de los casos, una fuerte atracción física. Claro que no se lo dijo en ese instante, pero no fue necesario. Fabricio acusó de inmediato la indiferencia de Vivian, que apenas era matizada con algunas muecas de sorpresa o risas indulgentes.
Al cabo de un rato, sintiendo algo de rabia y curiosidad (ninguna chica había rechazado sus encantos), le preguntó en tono sarcástico si acaso no le gustaba. Ella respondió que sí, que le parecía lindo; pero que no sentía nada parecido al amor. Le dijo también, que sabía lo de Sofía, que no era ninguna cojuda y que si salía con él, era porque la pasaba bien y eso. Le dijo, además, que podía disfrutar tanto de la cultura como de los hombres, de los hombres guapos, pues para enamorarse, buscaba a los inteligentes. Fabricio nunca espero este tipo de respuesta.
Tras unos segundos de silencio, Fabricio atacó instintivamente: ¿o sea que eres una perrita que solo quiere mi pinga? Exacto -respondió Vivian- ; aunque supongo que desde hoy ya no tendré la dicha de tenerla ¿no? -continuó diciendo-
Desconcertado hasta el vahído,  sintió ganas de vomitar. Una mezcla de ira, tristeza y orgullo desmoronado, hicieron que se levantara de la mesa del café para dirigirse al baño. Luego de mojarse la cara repetidas veces, se miró en el espejo y se vio más hermoso que nunca; «que se joda esa mostra de mierda», alcanzó a decir justo antes de abandonar el servicio. Al salir, Vivian ya no estaba.
Pasaron los días, y ante la cercanía de las fiestas de fin de año, el caos se apoderó de Fabricio. A pesar del supuesto desprecio hacia Vivian, no dejaba de evocarla. Sabía que no debía llamarla, y que de hacerlo, no obtendría respuesta. El odio que parecía profesarle, se trocaba repentinamente en ausencia maldita, en llanto de melancolía más no de rencor. Así como los sentimientos buenos que le había despertado Vivian, estos también eran nuevos, pero furiosamente negativos. Y entendió que, de alguna manera, lo había trastocado profundamente para bien y para mal. Que nada relacionado a ella le resultaba indiferente. Supo que más allá de su vanidad destrozada, le molestaba haberla perdido, no haber sido capaz de conquistarla. Por primera vez, sintió que su físico no le bastaba, no con ella, y se odió por no ser más inteligente, por no haber leído, por no haber visto a Cronenberg…
Entonces, decidió llamarla, sin importar mucho el tipo de respuesta que escucharía; pero no logró ninguna, simplemente no contestó. Todo había pasado muy rápido desde que se vieron por primera vez en el cine. De ella, solo sabía su número telefónico, no tenía ninguna dirección, ni electrónica ni de casa, ni amigos en común. Tampoco la tenía en sus redes sociales, pues Vivian no detentaba ninguna.
Fue así que todos sus sentimientos dieron paso a la desesperación por hallarla. No le importaba suplicar por amor. Quería verla de nuevo, escucharla, olerla. Se pasaba las noches y algunas tardes en el centro comercial, se plantaba en las boleterías del cine y nada. Nunca se apareció. Fue a los cineclubes, salas de teatro, conciertos en el centro y cada lugar posible al que ella pudiera asistir.
En una de sus búsquedas desesperadas por la ciudad, se topó con un puesto de venta de películas piratas y leyó el nombre de Cronenberg. La compró. Se trataba de “Una Historia Violenta”; llegó a casa y la vio. Esta vez le había encantado. Fue así que empezó a comprar libros, películas y discos que Vivian, alguna vez, le había recomendado. Leyó El Túnel, de Sabato, y le pareció genial, escuchó Sonic Youth, Stereolab y Spinetta. En todos los casos, se sintió atrapado, gustoso, como maravillado de manera genuina, sin ninguna complacencia hacia ella. Y pensó que era un gran paso para conquistarla de verdad, que tendría algo que comentarle de buena gana, sin fingir algún interés bastardo con fines halagüeños.
Imbuido de ese nuevo ímpetu, intensificó la cacería sobre Vivian. Estuvo determinado en hallarla antes de fin de año. Así lo hizo. La encontró una madrugada, cuando ella salía de un  concierto de Voz Propia en un local del centro. Estaba bebida y con un  grupo de amigos. No lo vio. La siguió varias cuadras mientras el grupo se dirigía a otro bar cercano ubicado en un sótano. Esperó que entraran y bajó. Cuando estuvo parado detrás de una columna, reconoció emocionado una canción de Joy Division que Vivian solía escuchar: «Digital», susurró. La penumbra lo mantenía a salvo de ser descubierto; pero seguía sigiloso, observando cada movimiento de Vivian. La vio danzar la canción, y se enamoró de sus movimientos.
Ella bailaba sola, Iba de aquí para allá, se miraba en el espejo, retrocedía y brincaba montada en trance. Su pelo le cubría el rostro, y sus ropas la descubrían sensual. Algunos hombres se le aproximaban y se movían frente a ella, y eran correspondidos con impudicia. No pudo más y se acercó a su lado. Al principio, no lo reconoció; pudo ser la poca luz o sus sentidos adormilados.
-Hola, soy Juan Pablo Castel-, se presentó Fabricio. Vivian, sorprendida, jadeó una sonrisa y con los labios pesados por efecto del alcohol, preguntó: ¿Qué haces acá, huevón?, ¿qué ha sido de tu vida? -Buscando a María Iribarne-, respondió Fabricio; -pero si tú me mataste, cojudazo- sentenció Vivian y ambos se echaron a reír largamente, concluyendo la risotada en un abrazo atávico.
Más tarde se marcharon juntos y así pasaron la noche.

El lunes siguiente, se encontraron por última vez, en el café que fue testigo de su primera cita. Él llegó antes de la hora. Estaba feliz. Pensaba que todo había salido perfecto, que su persistencia y su nuevo bagaje estaban dando frutos, y que al fin, podría estar con la mujer que, con seguridad, amaba (a estas alturas su relación con Sofía, había fenecido).
Ella no asomaba. Pasaron dos horas y trece cigarros desde la hora pactada. Un desasosiego incipiente nacía en la mente de Fabricio. Timbró cuatro veces a Vivian sin que conteste. A medida que el tiempo avanzaba, el pánico hacía su trabajo infame. Le siguió el pavor, rematado de espanto terminal. Luego, nuevamente, la turbación, el odio y el desprecio infinito.
La película que veía Fabricio, se presentaba pesarosa, mohína, con final inexorablemente trágico, y supo que lo ocurrido en el sótano aquel, apenas fue un plot point, un giro perverso en la trama. Un réquiem. Sin más, supo que la verdad, la maldita verdad, se abría paso entre sus tripas. Que el dolor infligido sobre él, era todopoderoso, insoslayable. Que nunca tendría a Vivian con él, no en este capítulo. No en esta escena. No en este riff.
Pero tuvo la extraña lucidez para aceptarlo. La valentía de asumir la derrota  sin lloriqueos. Sus peores temores se volvieron ciertos, vívidos. Sabía que si en algún momento, Vivian aparecía, era solo para despedirse, cosa que sucedió.
Pasadas casi tres horas, ella traspasó la puerta, lo miró y se acercó hasta la mesa, jaló una silla y se sentó sin decir nada. Pasaron varios minutos sin que ninguno dijera palabra. Vivian tamborileaba sus dedos sobre la taza vacía, aumentando la sensación de incomodidad para ambos. Él le pidió un cigarrillo, lo encendió, y mientras se lo fumaba, pensó que nada de lo que le dijera la afectaría, que era demasiado hembra, inteligente y desprejuiciada. Que ningún insulto o imprecación profanaría su determinación de libérrima afrodita.
Entonces,  fabricó su escena postrera, descorrió las cortinas para perpetrar su acto final en señal de victoria; y entonando mentalmente una tétrica melodía, esperó que ella se levantara, y en el preciso momento en que lo hacía, la detuvo, sonriente:


«No te vayas», le dijo mirándola a los ojos….

martes, mayo 20, 2014

MOMENTOS V

Entró al departamento y se dirigió a la habitación. La puerta entreabierta del baño dejaba escuchar el agua de la ducha corriendo y permitía ver su cuerpo enjabonado. En otras circunstancias, hubiese ingresado junto a ella vestido solo de lujuria o, en el peor de los casos, esperado a que saliera, sentado al borde de la cama para recibirla con un gesto repetido, indicando que se despojase de la toalla. Pero esta vez, solo la vio unos segundos, y sin delatar su presencia, volvió a la sala para continuar con la lectura de un libro. Era el principio del fin.

Te acercamos un poco, estamos en la ruta, dijo Mariela. Renata subió al coche por detrás y agradeció el aventón. La fiesta había estado increíble y era hora de retirarse. Marcelo tuvo cierto reparo en que Renata -amiga de su novia- subiera al auto. Y es que a lo largo de la noche, entre volutas de humo y luces de colores, se habían estado mirando no pocas veces, con disimulo. Se gustaron, y en lo que duró el viaje hasta el lugar donde ella bajaría, el espejo retrovisor fue aliado de sus crecientes coqueteos visuales. Al lado, Mariela dormitaba mientras susurraba la canción que salía de los parlantes.

Ambos miraban al techo. Tendidos sobre la cama, desnudos y agitados. Terminaban de echar su cuarto polvo y la sesión amorosa estuvo memorable. El sudor abrillantaba sus cuerpos laxos mientras ellos permanecían en silencio. Al cabo de un rato comenzaron a reír, tal vez recordando las cosas que hicieron, que se dijeron, impensables en circunstancias ajenas a la cópula. No quiero tirar nunca más dijo ella. Claro, como cuando te metes la borrachera de tu vida y no quieres beber nunca más dijo él. No es eso, es que lo de hoy estuvo tan rico, intenso e insuperable que siento que los demás polvos serán de trámite dijo ella. Polvos de trámite son los que te metes con tu marido y yo con mi mujer dijo él, acabando -quizás- con el mejor periquete de sus atribuladas vidas.

Con sus dieciocho años recién cumplidos, Mariana pensó estrenarse en los avatares del amor. Sabía que era su momento y lo había estado esperando. Antes solo experimentó alguna atracción física, de pronto emocional, pero intuía que del amor estaba lejos. Hasta que se presentó en su vida de la manera más impensada. Luego de tentar e intentar algunos lances sin éxito, apareció. Quedó cautivada por el color incierto de sus ojos, la ternura de su voz y el delicado bronceado de su piel. Apenas cruzaron palabras en esa primera clase de fotografía y supo lo que quería, lo que amaba y lo que siempre había deseado. Han pasado tres años desde ese encuentro y Mariana me confiesa que es la mujer más feliz del planeta. Lucía dice lo mismo y solo hay que verlas para compartir su certeza.


La primera noche después de la separación, fue un rito interminable de llanto e imprecaciones hacia ella, al destino, a la vida misma. La propia culpa junto con la ajena, no explicaban nada de lo que sentía. Las excusas se extendían con las horas y el consuelo dormía lejos, en alguna palabra, en algún hecho inhallable de su vida rota. No podía conjugar tanto odio y tanto amor entrelazados. Cerca de las cuatro de la madrugada,  sin tener la más puta idea de lo que vendría con la luz del alba, la sombra de la muerte trajinó su deteriorado pensamiento. Cogió el arma y salió en su búsqueda…

domingo, mayo 26, 2013

Susan


La habitación era muy pequeña para albergar la tristeza de Susan. Su pena llenaba los cajones y las ventanas se cubrían de amargura, impidiendo el paso de luz. Eran las diez de la mañana cuando se enteró de todo. Tardó unas horas en procesar la información, la verdad o como quiera llamársele. Sentada en el piso y con la cabeza recostada al pie de la cama, permaneció un tiempo indefinido mirando una mancha en la pared que cambiaba de forma con el paso de los minutos y de sus pensamientos. Entumecida y acalambrada, era incapaz de cambiar su posición. La abulia era más fuerte que su dolor. Lo único que se movía en su cuerpo, eran las gotas de sudor que, mezcladas con sus lágrimas, caían salinas hasta morir en su escote. 

Las imágenes que atravesaban su mente a mil por hora, se aquietaron, languidecieron o se marchitaron súbitamente. Solo vacío y espacios sin llenar. Solo una línea continua de color azul sustituía todo pensamiento. 

Sin ella saberlo, la naturaleza había detectado sus nulas ganas de vivir, y a pesar de que le brindó el tiempo suficiente para que reaccionara, no pasó. El desconsuelo la había herido mortalmente. Entonces, la savia y su infinita sabiduría, inició su labor inexorable. La misma, no consistía en insuflarle ánimos ni mandarle luces de emergencia, ni epifanías salvadoras. Eso es para Dios. La esencia inmaterial del universo, sin rostro ni nombre ni adoradores, trabaja sin dogmas, basada únicamente en la voluntad categórica de sus engendros.
   
Fue así que la sangre de Susan, empezó a diluirse progresivamente. Sus pulmones se estrecharon, su corazón se contrajo y sus tripas se solidificaron. Las cavidades que contenían sus ojos, secaron la mirada acuosa y la volvieron piedra. El rojo de sus labios se tornó violeta y el nácar contenido de su sexo, era sal embebida en hiel.

Nadie sabrá qué diablos le dijeron esa mañana de verano justo a las diez en punto. Pero sabemos de sus ganas de morir. De su impertérrita voluntad por marcharse sin tener si quiera que matarse.

Dicen que cuando deseas algo con todas tus ganas, se cumple. Susan lo sabe ahora y nadie ha de sentir pena por ella. Solo yo, que fui quien la llamó. 

miércoles, abril 24, 2013

Momentos IV


La vio minutos antes caminando con un chico que parecía ser su enamorado, y le había gustado tanto que decidió seguirlos por el centro comercial. Luego de unos minutos, la supuesta pareja se sentó en el patio de comidas junto a la escalera eléctrica. Entonces sin saber qué hacer, dio vueltas por el lugar, viendo tiendas sin llegar realmente a mirarlas. Sabiendo que era tonto seguir con su estúpido jueguito de a uno, decidió subir al segundo piso, usando las gradas junto al lugar en el que se encontraba la chica y su acompañante. Mientras ascendía, podía observarla, fijarse detenidamente en su mirada inquietante y su larga cabellera cubriendo sus hombros desnudos. Y justo, antes de perder contacto visual para siempre, ella levantó la mirada hacía él, mirándolo fijamente los últimos tres segundos, para, finalmente, dejarle esa sonrisa imposible que hasta hoy no ha podido olvidar.

Harto de ser víctima constante de todo tipo de abusos, pensó en que eso debía acabar. Basta de que la gente se le adelante en la cola, que le cobre de más, que lo asalten o, peor aún, que lo ignoren cada vez que intentaba reclamar. Planeando detalladamente qué actitud debía asumir en cada ocasión, ensayó en su habitación, las miradas, los gestos y las palabras que usaría si, por ejemplo, no lo dejaban en el paradero correcto; o lo que haría si alguien hablaba por celular mientras se encontrara en el cine. Y así. Hasta que llegó el día: mientras compraba víveres en el supermercado, paseando por el pasillo higiene personal, divisó el desodorante que usaba  -solo quedaba uno-, y justo en el momento que lo tomaba entre sus dedos, un tipo se lo arrancó de la mano y metió el producto en su cochecito mientras le decía: sorry tío. Entonces sucedió: esperó que el tipo avanzara unos metros hasta llegar a la sección licores; cogió una botella de vino y la estrelló contra la cabeza del sujeto, causando que este cayera al piso desmayado sin reacción alguna. ¡Ése maldito violó a mi nena y jamás fue preso! -alcanzó a gritar-, ante la mirada atónita del resto. Nadie se atrevió a increparle. Cogió una botella de whisky, la puso en su coche y abandonó la tienda llevándose todo, sin nadie que le cobrara.

Después de bajar las gradas de tres en tres, como apurando su salida, como ansiando la avenida, Marlen encendió un cigarro y caminó con dirección norte, sin saber exactamente adónde quería dirigirse. Luego de horas andando, se encontró al pie de un puente que no recordaba haber cruzado antes. Aún metida en sus pensamientos, lo atravesó deprisa, deseando a cada paso, que su mente llegará del otro lado, sin toda esa mierda que la llenaba por completo. No fue así. Seguía pensando en él, en cómo había terminado tan bruscamente todo;  en los cientos de millones de personas que terminan heridas por las personas que aman.  Pensó que el amor, era el accidente más fatal sobre la tierra, y se perdió entre calles que no conocía.


La fantasía sexual de Betty, era hacerlo con un anciano. Aunque casada con un hombre de su edad, siempre rondó en su cabeza aquella posibilidad. Era una fijación retorcida, pues no era algo que le provocara placer de antemano. No sabe en qué momento se instaló aquella idea en su mente, pero no se la pudo quitar por más que quiso. Y así, decidió que en su siguiente consulta ginecológica, cambiaría a su doctora, por el doctor de más edad que trabajara en la clínica. Indagó y encontró. El médico con el que hizo cita, tenía 75 años, pero lucía un aspecto algo menor. Llegado el día, asistió a su chequeo y mientras era revisada, le contó al doctor de su ilusión. Él la miró unos segundos, apartó sus manos de donde las tenía y le dijo: ¿sabe cuántas mujeres me lo han pedido? Hubo un silencio prolongado que fue interrumpido por el mismo doctor al responder la pregunta que había hecho: Ninguna -dijo-. Luego se quitó la ropa.

Habían pasado cinco meses desde la última vez que tuvo sexo. No era grave -según pensaba- pero tampoco rechazaba la idea de tenerlo pronto. Solía masturbarse recordando a sus examantes, o viendo algo de pornografía, incluso leyendo literatura erótica. Por ahora, nadie le gustaba lo suficiente como para iniciar alguna relación; se encontraba a gusto como estaba, pero la idea del sexo fue cobrando fuerza a medida que pasaban los días. Así fue que decidió llamar a su última pareja, como examinando el terreno y las posibilidades. Era obvio que aún sentía algo por esta persona, quizá más atracción que sentimientos amorosos. Hola, ¿cómo has estado? Bien, trabajando y viviendo que son la misma cosa. Si pues; oye, llamaba para preguntar si te apetece que nos tomemos un café. Perfecto, yo estaba a punto de llamarte y pedirte lo mismo. Bueno, qué te parece el miércoles a las 7, donde siempre íbamos. Yo feliz, te veo. Llegado el día y sentados a la mesa, luego de una breve charla, pidieron lo que les provocó ese momento y cuando la azafata, luego de 10 minutos vino con el pedido, ya ninguno se encontraba allí.

lunes, septiembre 24, 2012

Mea(me), culpa


Qué rabia e impotencia provocan la muerte de Ruth Thalía Sayas Sánchez. Y aunque ya se sabe quién es el asesino, aún no se da con los culpables, pues somos demasiados, sino todos.

O sea, que a cientos de miles de personas, les parezca relevante saber con quién se acuesta, con qué se droga, con qué se embriaga, a quién detesta, por dónde le gusta y cuánto cobra (y más cosas de ese tipo), cualquier hijo de vecino o farandulero pobre diablo, dice mucho de lo que nos está pasando.

Que los noticieros sean cada vez más truculentos al mostrar las notas policiales, y que, además, hayan creado secciones en las que nos presentan imágenes grabadas por cámaras de seguridad, donde vemos decapitaciones, aplastamientos, suicidios, asesinatos y demás, repetidas en cámara lenta una y otra y otra vez, por si te perdiste algún detalle. Y peor aún, que si no las viste y alguien te lo cuenta, vas a internet, la ubicas, la ves y dices: ¡manya, qué loco, putamare!

Que esa cosa denominada VALETODO, que empezó de manera clandestina, en garajes, corralones o ghettos; y que consiste en que dos personas se saquen la entreputa, ahora, se presente en coliseos abiertos a los que van niños con sus padres, comprando su entrada, previamente, en teleticket.

Que exista ese programa llamado ‘Esto es guerra’, en el que se derriban años de discusiones, luchas y reivindicaciones, para volver al prehistórico, y ver a hombres y mujeres, encarnizados en demostrar quiénes son mejores, a través de juegos, escarnio, sexismo y mucha mierda adicional, que además es vista por un público objetivo que va desde los 5 hasta los 15 años.

Que Magaly Medina sea una de las periodistas con mayor poder e influencia en el país.

Que los dueños de los canales apuesten por encerrar a ‘conejillos’ en casas y que podamos verlos 24 horas por medio de una web, y enterarnos de los cuescos, chapes, polvos y rencillas de sus habitantes.

Que haya periodistas o comunicadores, muy listos, muy distinguidos y muy guapos, dispuestos a convencernos que hacen televisión de avanzada.

Que dos rusas fumonas, logren que gente pensante, no mande a sus hijos al colegio porque en la tele lo dijeron.

Que todos los demás medios, escritos, radiales, televisivos y cuanto hay, reboten hasta el hartazgo, cada confesión, cada golpe y cada excreción vertida por nuestras rutilantes estrellas televisivas, ocupando todos los espacios posibles en ello.

Que haya anunciantes que inviertan millones en mostrarnos sus productos, justamente, en esos programas, porque al final lo que manda es la plata. La que gana el canal, el conductor, el participante y hasta los televidentes que mandan sus mensajes de texto o sus sobres, conteniendo alguna envoltura de algún producto insoslayable.

Y no basta con decir que cambies de canal si no te gusta; no es suficiente. Digo, si pasan corridas de toros por Tv, no veo porqué no puedan pasar peleas de pitbulls, en un programa llamado ‘La hora del mordisco’, verbigracia. O quizás, como en Japón, crear un show en el que los maridos deben reconocer el culo de sus esposas, que lucen desnudos sobre una banca situada en altura. Si da rating, se puede. Todo se puede. 

 Uno no hace más que encender el aparato, para recibir un balde de estiércol, en el canal que elijas. Como cuando en carnavales, te zampan un balde lleno de pichi por la ventana del bus, y entonces te quejas; y alguien te dice, mientras se caga de la risa: si no te gusta, toma taxi pe’.

Es posible que no ver ese tipo de programas, sea la forma más pacífica de atacarlos, pero así como hay colectivos, asociaciones, entidades y gremios, que defienden a los campesinos, los aborígenes, los discapacitados, etc, podría haber alguno que defienda a los televidentes lobotomizados de esta especie de esclavitud mediática, que consiste en darnos, por todo  entretenimiento, ingentes cantidades de caca.

Así las cosas, no basta con un Mea culpa, hace falta que la culpa nos mee, digo, para seguir con la escatofilia verbal y televisiva. 

jueves, julio 05, 2012

AMBAGES


Observando por la ventana del auto, veo pasar algunos sueños que, escondidos entre la gente y el paisaje, se proyectan inmensos sobre esta noche de invierno.

No sé si pueda cumplirlos, si tenga el coraje de perseguirlos; pero el hecho de saber que allí viven, me insufla aquel oxígeno que me hace falta para respirar el futuro.

Hoy nada me hace falta, mi vida vacía, está repleta de suerte y encanto. Los colores son intensos, la magia reinventa sus trucajes, me envuelve, me renueva. No hay espacio para la tristeza, ni para la duda. Solo tengo certezas y claridad ante las horas. Y es que decidí vivir por horas. De tres a seis, de seis a diez, de diez a mil. Los días son muy largos, los meses imposibles, y los años no existen.

Por eso veo aquellos sueños, como retos de tiempo. Quiero abreviarlos, comprimirlos, que si no se cumplen de once a dos, ya fueron. Total, tengo tantos que me parece inútil persistir en la consecución de uno nada más. Como la combi vacía que se te acaba de pasar, si tienes que llegar, habrás de subir a la que sigue, aunque reviente de gente, aunque te pese.

No quiero poblar mi existencia con planes, metas y objetivos. Cada vez que abra los ojos, inventaré la mejor excusa para dios, para que me deje estirar los brazos y asirme con fuerza, a las paredes rajadas de su mundito inventado.

Y, mientras llega la hora del cierre, seguiré buscando entre le gente, algún sueño que no me pertenezca, uno olvidado y anónimo al que darle sentido.

Porque mi sueño, es el tuyo…

jueves, mayo 24, 2012

'DIÁLOCOS' 1


-Anoche me comí un kinkón buenazo
-¿De Trujillo?
-No, de Cañete, pero el zambo era un manjarcito blanco, no sabes…

-Me encantó conocerte, Mariana
-Lo mismo digo
-Oye, tienes algo sobre tus labios…
-¿Qué?
-Los míos.

-Amor, hoy no tengo ganas,  la cabeza me explota
-Qué irónico, es la misma razón por la que yo si tengo.

-Hmmm, qué bueno este chaufita marino
-Claro, los mariscos están frescos
-No hay nada más rico que una conchita recién salida del mar
-O de la ducha…

-Qué raro, anoche pensé en Miguel mientras hacía el amor
-Cojuda, cuenta ¿y a quién te estabas tirando?
-A Miguel…

-Nunca nadie te va a querer como yo te quiero
-¿Así?, ni que fueras mi vieja.

-¿Realmente hablas en serio con esto de dejarlo?
-Tan serio como una peritonitis.

-Jefe, le cuido el carrito
-¿De quién?
-De mí.

-Chola, ¿cómo haces para no suicidarte con el marido que tienes?
-Fácil, me entretengo planeando su muerte.

-¡Putamare!, ¿cuánta gente más tiene que morir  para que esto acabe y no seguir sufriendo?
-Según los cálculos, Don Ricardo, este cementerio alberga 25317 nichos, pero hasta ahora, vamos  bien.

lunes, febrero 20, 2012

Avalado sea Dios (Luis Alberto Spinetta)

Eres un desperdiciado. Esas fueron las últimas palabras de Cristina cuando me fui de casa. Desperdicio, basura, todo lo que no sirve o ya se echó a perder. Perderse, seguro que yo estaba perdido. De acuerdo, Cristina. Soy un desperdiciado. No tengo nada que hacer al lado de una mujer tan sensata y triunfadora. Me voy. Quédate con todo, no me importa. Quédate con la casa, con la chacra, con los muebles, y con la cebichería que pusimos juntos. Sólo quiero mi vieja camioneta y mi libertad para seguir fracasando...

SUEÑOS BÁRBAROS (Rodrigo Núñez Carvallo)

Me encantaría poder sobrellevar mi vida, sin necesidad de nadie ni de nada. Alejarme para siempre del dinero, la comida y, sobre todo, del amor. Dejaría el alcohol, la música y el sexo como únicas bondades a las que acudir para continuar la existencia. De todo lo demás, podría prescindir, o quisiera en todo caso.

Pero ya sabemos que eso no es posible. Hay que convivir siempre con amores, querencias, estimas, buenos deseos y esperanza. También con odios, rencores, maledicencias y frustraciones. Hay que estudiar (que no es lo mismo que aprender), trabajar, casarse y perpetuar la especie con nuestras estampidas de esperma.

De lo contrario, tu vida no anda bien, flaco. Ubícate, en qué mundo vives. ¿Acaso la vida es huevear, beber, tirar (a secas, no hacer el amor), o pasarte los días conversando chucherías creyendo que eso te va a dar felicidad? No. La felicidad cuesta, se gana, se sufre. No hay nada más gratificante que recibir tu paga al final del mes, o al final del día, sabiendo que has cumplido con tu chamba, tu país y el universo.

No hay nada mejor que llegar a casa y besar a tu mujer y a tus hijos. Verlos correr a tus brazos, sentir que la vida vale la pena, carajo; y qué pobres diablos los que se pierden el beso de la sangre de su sangre.

Hay que trascender, crear alguna fórmula que sane a los enfermos. Escribir libros. Fabricar aparatos ahorradores de energías. Cantar para miles de personas. Dar trabajo a cientos. Llevar paz a decenas. No basta con haberle ganado a doscientos millones de renacuajos y haber visto la luz. No basta con sobrevivir a las plagas y a las noches de luna llena. No es suficiente con todo el amor que has dado. Ya sea a tus padres, tus amigos o algunas mujeres. La razón de estar aquí, ya acéptalo, es el éxito.

Y el éxito no se alcanza haciendo lo que te gusta. Todo lo contrario; se logra haciendo lo que le gusta a los demás. La felicidad, vaya, la felicidad es otra cosa y muchos no tienen ni puta idea de cómo acercársele. Están muy ocupados tratando de hacer lo que tienen que hacer.

Supongo que hay afortunados a los que les pagan por hacer lo que les gusta, pero lo hecho siempre será para otros, y la satisfacción vendrá en el jugoso cheque, con el que pagarás, el depa, la caña, los viajes, los gadgets y demás urgencias imprescindibles de la savia.

Bienaventurados todos ellos, salvos, vívidos, refulgentes y limpios, sobre todo, limpios, sin tacha. Los pobres diablos, los holgazanes de corazón, los que no aspiramos a nada, los que no inspiramos a nadie, los que somos mal ejemplo, los que no ganamos porque no arriesgamos, los que no poseemos, los que no sabemos, los que no llegamos al podio, los que no dejaremos ni pizca de rastro…les pedimos con toda el alma pusilánime, que nos dejen seguir apestando en paz.

miércoles, noviembre 30, 2011

Calla 13

Es bueno que la gente saque o vea el lado bueno de las cosas. Lo malo es cuando desconoce o esconde el lado negativo. Por eso, es fácil convertir en panfleto, cualquier tipo de reivindicación, por muy justa que esta sea. Ya de ciudad, país, continente, raza o género. O sea, el Perú será muy bonito en muchos sentidos, pero si me pongo a enumerar lo malo, quizá no acabe nunca. Lo mismo sucede con todo, y esa es la razón por la que no me gustan las canciones como “Latinoamérica” de Calle 13, entren otras cosas que mencionaré en otro post (orgullo gay, feminismo, etc).

Digo, Latinoamérica es lo que dice la canción, pero también las FARC y Sendero. Es Rafael Trujillo, Castro, Videla y Pinochet. Pablo Escobar, los Zetas y la coca en abundancia. Es Argentina vendiéndole armas a Ecuador en plena guerra con nosotros. La masacre de las bananeras, Barrios Altos y las Maras Salvatruchas. Las enfermedades que solo producen el hambre y la miseria. Niños explotados que trabajan, niñas prostituidas y endemia. Corrupción rampante y contaminación delirante. Favelas, Villas miseria y sicariato. Secuestros, feminicido y desigualdad colosal.

En realidad, podría llenar varios párrafos más con toda la inmundicia que corre por nuestras venas abiertas, pero tampoco es la idea. Lo que quiero es recalcar el hecho, de que siempre seremos el bien y el mal. El Ying y el Yang. Eros y Tánatos. Filias y fobias. A todo nivel, más allá del hermoso cielo que nos abarca o la fecunda tierra que nos cobija. No importa tu lengua, ni el color de tu piel o el de tu pasaporte.

Así somos los humanos. Épicos y magnánimos. Pero también abyectos y asesinos. Somos fuerza creadora y destrucción infinita. No es bueno victimizarnos ni creernos bendecidos por dios, el universo o quién coño sea. Con la misma mano que das de comer, jalas el gatillo. Así que ya sabes, somos todo lo luminosos y oscuros que podamos ser, pero sobre todo, somos generosos, unos generosos hijos de puta. Bien bronceados y bien latinos.