Bizma
Los puños se cierran fuertemente, la sangre fluye rauda por las venas de mi cuello y la bomba esa que llaman corazón, sobrecarga su labor para que uno no dispare balas de furia sobre un rostro que llora.
Debo oxigenar mucho la sensatez para evitar daños en la corteza de mi alma. El odio puede terminar empantanando todo espacio de lucidez, y producir un coma biliar del que no me salvará ningún perdón por muy alto miligramaje que contenga
No me va la hipocondría del amor, ni los que siempre creen estar padeciéndola. Afiebrados, hiperventilados, cianóticos y sin sanación a la vista. Que sigan enfermitos y busquen cura en otras manos, más santas, más piadosas, pero, sobre todo, más capaces.
O podrían procurarse un Vademécum, aunque sea pasadito, pues para los males de amor las recetas son las mismas que hace mil años. Pepas, sí, muchas pepas, emplastos, frotaciones y cataplasmas horribles que alivian un poco el dolor de espíritu y de lacrimales.
Vayan a sahumarse con inciensos que huelan a olvido y resignación. Y por último, acudan a su carnicero más cercano para que les arranque de una, el tumor gigante que han estado gestando, mientras se fumaban las cenizas de un tabaco que sus bocas jamás probaron.


