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No se demoren; alcanzó a decir antes de colgar el teléfono. Luego se dirigió a la sala, y se sentó frente a su amada Patricia, quien reposaba en su viejo sillón. La observó unos segundos, en silencio, para luego espetarle todo lo que por ella sentía.
Le dijo que sus dientes amarillos le provocaban repulsión. Que la maldita silla de ruedas, la había dejado sin esos movimientos que alguna vez amó. Que su negro cabello azabache no brillaba más por las mañanas. Que su tibia voz, hoy quejumbrosa, cantaba tormentos que no estaba dispuesto a escuchar. Le dijo mil cosas horribles más; y que a pesar de todo aquello, la seguiría amando sin consuelo. Cada día, hasta desplomarse.
Le dijo también, que si no se hubiera tragado las 40 pastillas para dormir, él hubiera encontrado la forma de hacerla soñar para siempre, alguna pronta noche de locura y compasión.
Se levantó del mueble, avisado por las sirenas de una ambulancia parada frente a su casa. Abrió la puerta y dejó que entraran los paramédicos. Al ver que se hallaba sin vida, y sin percatarse del frasco vacío que yacía en el suelo, uno de ellos le preguntó:
-¿Sabe de qué murió?
-Se murió de pena…;respondió impávido.
Apoyó su espalda en la pared, se dejó caer hasta el piso, encendió un cigarrillo, cerró los ojos y se vio muerto.

