130
Cuando decidí dejar el colegio, antes de acabar el último año, renunciando voluntariamente a seguir con esa patraña llamada educación peruana, nunca pensé que para algunos fuera tan importante ese pedazo de papel cartón que certifica inequívocamente que te sabes los nombres de todos los incas, los afluentes del río Huarmey, la tabla del 8 y la capital de algún país africano en guerra, amén de 100 mil gigas más de información vital para seguir con tu vida.
De hecho no conservo -porque nunca los recabé- ningún certificado que pruebe mi asistencia, y mucho menos mi “sapiencia”, en alguna de las tantas frivolidades que decidí aprender, y que por alguna razón, pude empezar, sin que me pidieran como requisito indispensable el papelito de marras.
Hasta hoy, que me dirigí a un instituto de prestigio (¿será que sólo asistí a lugares sin prestigio?) para averiguar sobre una materia que siempre me interesó. Luego de dejar mi identificación en la puerta y de recibir un pase que debía portar visiblemente, me acerqué a la rubicunda señorita, encargada de brindarme la información pertinente. Todo muy lindo, hasta que llegó a la parte de los certificados de estudio. Le conté de mi “problemita” y me dijo que era imposible que me recibieran. Pedí hablar con algún administrador, gerente o cualquier otra persona que no fuese ella, pero resulto inútil.
‘Ojalá pidieran ese certificado para poder morirse’, -pensé-; así sería yo inmortal.
Al salir de allí, me entraron algunas dudas que, felizmente, disipe en seguida.
¿Debería acabar el colegio?: pichula.
¿Debería sacar un certificado falso?: la pinga.
¿Debería, a mis 36 años, aceptar las reglas que tanto tiempo rechacé?: las huevas.
Nunca me he creído un anarquista, pero he tratado en lo posible, de hacer las cosas como yo las siento, y no como las conozco. He logrado resistir a pie firme, algunos mandatos e imposiciones que considero inaceptables; y no he muerto en el intento.
Todavía se puede escapar, un poquito del sistema sin violar las leyes escritas, pero sobre todo, evitando que las no escritas, te lleguen a romper el orto.
Lo bueno, es que ya no tendré que dar examen de admisión, y no tendré que hacer uso de mi cultura de geniograma de diario dominical para ingresar. Tampoco tendré un trabajo decente, pero seguiré siendo un desempleado feliz, y un hereje más feliz todavía.
La miseria económica, nunca podrá hacerme más daño que la miseria moral y la pobreza de ideas. Es muy probable que si tienes algo en la cabeza, puedas tener algo en el estómago.
Es por ello que hace meses que no como...

