Death man walking
A la pregunta recurrente en varios test de revistas, que inquiere sobre cómo le gustaría morirse a uno; más que muchos responden con el poco original: no me gustaría morir. Y es que, al parecer, por un lado, la pregunta parece estar mal planteada, pero por otro, cualquier variación resultaría igual de inapropiada, ya que a la gente le resulta desagradable, la mayoría de las veces, hablar sobre ese tema.
Tampoco es que me encante andar pensando en cómo voy a estirar la pata, pero, teniendo la certeza de que pasará, ensayaré mi propia respuesta a la peculiar pregunta, con la única intención que se me cumpla.
Uno: Si he de morir baleado, deseo que el proyectil que vuele mis sesos, no sea uno perdido. Tampoco que sea uno de esos baratos que cuestan menos de un dólar, y que no sea disparado por un vulgar apretón que acaba de asaltar un chifa de barrio. No. La bala tendría que provenir de un flamante rifle moderno, esos con mira láser, material ultraliviano y alcance inverosímil, disparada por un francotirador experto, contratado por algún marido celoso, y harto de que me esté cepillando a su hermosa mujer. Si no es mucho pedir, que suceda justo después de haberme derramado completito en la susodicha, para que así, mi sangre, se derrame igual de bien, igual de rico.
Dos: Si es por accidente, tendría que ser uno de avión. Pero no uno que simplemente se estrelle contra una montaña. Quizá un secuestro aéreo, perpetrado por fanáticos religiosos que buscan exterminar a pecadores, blasfemos y apóstatas como yo. Entonces, mi muerte, tendría lugar conmigo luchando e intentando detonar las bombas antes que ellos, para ser yo quien mate a estos malditos bastardos, aunque ello signifique volar en mil pedazos.
Tres: Ahora bien, si la pelona me ha de coger a través de una enfermedad, espero que sea una nueva, desconocida e incurable. No quiera dios, que me vaya de este mundo, empujado por una tos ferina o la viruela loca. Tiene que ser un virus venido del espacio, que llegó a nosotros junto con el meteorito caído en el poblado de Carancas (Puno, Perú) el 15 de setiembre del 2007. Causa feroces contracciones musculares y terribles dolores de cabeza (los demás síntomas no los menciono, porque la ciencia aun no los determina) que solo pueden ser atenuados con el consumo de cannabis sativa, en abundantes y medicadas dosis. Es posible que bauticen a la enfermedad con mi nombre, por ser la primera de las miles de víctimas que se cobrará en el futuro.
Cuatro: Otra forma común de fallecer, es por un repentino paro cardiaco, justo cuando más saludable te encuentras. Dos meses antes te hiciste un chequeo general, y los resultados salieron todos buenos. Y es así, que caminando por el parque cercano de tu casa, se te para el bobo sin más explicación que la fría estadística, y caes tendido sobre la grama, un martes por la tarde, a eso de las cinco. Bueno pues, si esa es la sorpresa que el destino tiene para mí, me encantaría que suceda, estando yo, echado en la cama con la mujer que amo, contemplando su cuerpo desnudo luego de habernos hecho el amor. En la bandeja del equipo, gira un cd de Spinetta. Suena el track número seis (Despiértate nena) y ella, todavía desnuda, sale de la habitación rumbo a la cocina. Mientras se va, comienza a bailar coquetamente, voltea, se ríe, y me dice con la voz apagada que me ama. Es la última vez que la veré.
Supongo que hay muchas más formas de morir. Maneras extrañas, bizarras e inauditas de marcharse. En todo caso, no importando la forma, me gustaría estar despierto y bien consciente cuando tenga lugar. No dormido como anhelan muchos. Si ha de ser el último hecho de mi vida, quisiera poder “disfrutarlo”, o cuando menos, sentir la experiencia de morir, aguardando con expectación aquella millonésima de segundo que selle mi partida de por estos lares.
Claro, lo más probable es que me atropelle una combi sin SOAT y un chofer sin brevete. Pero me ha gustado “morir bonito”, aunque sea por hoy.


