vestecun...
La coprolalia, es -según el mataburro- la tendencia patológica a proferir obscenidades y groserías. Así entonces, yo sufro de aquello, padezco esta especie de síndrome compulsivo que me obliga a ir lanzando reconchatumadres y gramputas por doquier. A referirme a chuchas y pingas, como si de tararear una canción se tratase
Y la verdad, no deseo curarme. Estoy bien así; es más, me encanta carajear, mierdear y putear, entre otros improperios, de mayor o menor calibre.
Trato, eso sí, de hacerlo con mis pares generacionales o con personas con las que desarrollé algún tipo de confianza, aunque sea mínima. Evito las palabrotas en lugares públicos y ante personas mayores, niños o señoras. No importa que los niños sean hoy, unas máquinas de producir lisuras, o que algunas tías se manden de hacha en la cola del mercado o en el bus, con un lenguaje canero de la peor estofa. O que los abuelitos, todavía sigan dándole duro al arte del baldón y el vituperio. No me gusta ‘obligar’ a nadie a escuchar las porquerías que pueda yo espetar.
Ni que decir de las muchachitas que han desarrollado, más que tetas o vello pubiano, un lenguaje tan ramplón, que, sin dármela de cura, me ha llegado a sorprender.
Hago esta pequeña introducción, pues sabido como es, que el 95% de personas decimos lisuras la mayor parte del tiempo (en el 5 restante, se encuentran también los muditos), no entiendo por qué carajo, la gente se caga de la risa cuando en el cine, algún personaje lanza una lisura en alguna película nacional.
Como si algo ajeno, lejano y prohibido les haya sido revelado de pronto. Un carajo y risas; un mierda y risas. No digamos cuando se escucha pichula o algo referido a los órganos sexuales, ya es el deshueve con la risotada.
Incluso en un programa de televisión, invitaron a un intelectual de callejón y a una actriz de lisura fácil. Lo mismo: al primer puteo, una carcajada estruendosa del respetable, acompañada de los respectivos aplausos breves que le siguen a toda palomillada o gracia.
Uno de los conductores del programa, conocido por su ‘esquinismo’, por tener ‘lleca’, ‘barrunto’ y demás, se meaba de risa con sus propias pendejadas. Y el otro, más cultivado, mejor hablado y leído, igual nomás, festejaba cada chucha como si del vocablo más divertido y trasgresor se tratara.
La hipocresía en este país, estás más arraigada que el racismo, que la corrupción o la mentira.
Que cagada.


